04 Ene

Primer contacto con la serigrafía

Este es el relato de mi primer contacto con la serigrafía: cómo preparé la pantalla, qué salió mal y qué aprendí en el proceso.

Un amigo que lleva años trabajando con serigrafía y técnicas gráficas me enseñó su estudio y se ofreció a ayudarme a hacer mi primera serigrafía. Yo no había tocado esta técnica en mi vida, así que empezamos por lo básico: reunir materiales.

Usé un bastidor sin lienzo que saqué de un cuadro viejo, de unos 50 × 40 cm. Para la tela estuve buscando visillos en varias tiendas, porque este tipo de tela permite que la tinta pase pero también retiene la pintura donde debe bloquearse el diseño. No encontré ninguno que funcionara bien, así que él me prestó un trozo.

Preparó la matriz (o pantalla), cubriendo toda la madera con cinta de embalaje para evitar que se empapara y, sobre todo, para que la tinta no se colara por sitios donde no debe.

El diseño y la preparación de la pantalla

Tenía varias ideas, pero terminé eligiendo un diseño simétrico: un personaje con un solo ojo, colmillos y lleno de lunares, igual que su fondo. Las dos mitades son inversas: lo que es blanco en un lado es negro en el otro. El dibujo está dividido por un eje vertical de simetría, y aunque una mitad es el negativo de la otra, el personaje se lee como una sola figura. Esa era la intención.

Antes de tocar la pantalla, hice el diseño a tamaño real en papel con tinta para asegurarme del resultado final. Lo pegué en la matriz para calcarlo con pintura acrílica roja Vallejo, que usé como barrera para bloquear las zonas donde la tinta no debía pasar. Y aquí cometí mi gran error: esa pintura no soportó bien el proceso (más adelante explicaré por qué).

Pasé el diseño a la tela con el acrílico. El papel quedó pegado al secar y costó bastante despegarlo sin dañar la superficie. Una vez libre, pude ver el diseño al trasluz y estaba lleno de huecos. Tuve que repasar la pantalla varias veces con la luz detrás para tapar todos los puntos por donde se colaba la luz. Fueron un par de capas más solo para cerrar bien la matriz.

La impresión en el estudio

Cuando por fin tuve la pantalla lista, fui al estudio de mi amigo para estampar. Usé papel Canson A3 de 200 g/m², y el diseño final medía 17 × 25 cm. Para imprimir, usé pintura acrílica negra, no tinta, porque en serigrafía artesanal es habitual trabajar con acrílicos espesos.

El proceso de estampación era totalmente nuevo para mí. La pantalla se monta en un sistema articulado llamado bisagra serigráfica (también conocido como hinge clamps), que permite subirla y bajarla siempre en el mismo punto sin perder el registro. Para centrar la impresión colocamos unos topes de registro hechos con cartón grueso, pegados con precisión a la mesa. Estos topes —a veces llamados simplemente guías de registro— sirven para que cada hoja quede exactamente en la misma posición en todas las copias. Es un sistema básico pero imprescindible para que la edición salga alineada y consistente.

La herramienta para pasar la pintura es la racleta (o squeegee), un mango —normalmente de madera— con una goma recta que distribuye la tinta aplicando presión uniforme sobre la pantalla.

Las primeras impresiones salieron bastante bien, aunque en algunas ocasiones la tinta se coló por debajo de la pantalla y manchó el papel. Cada vez que sucedía había que parar, lavar la pantalla y continuar. Yo hice varias pasadas después de ver cómo lo hacía mi amigo, pero conforme avanzábamos algo empezó a ir mal: la pantalla se estaba degradando.

Y ahí apareció el problema de la pintura roja Vallejo: se reblandecía con el agua. A medida que limpiábamos la pantalla entre tirada y tirada, esa capa que bloqueaba el diseño iba desprendiéndose. La matriz empezó a abrir huecos donde antes no los había, deformando el diseño y arruinando las copias.

Aun así, hicimos unas treinta impresiones. Después, en casa, revisé una por una y solo diez estaban en condiciones de considerarse parte de una edición. Así que esta primera serigrafía se convirtió en una tirada de 10 copias.

Lo que aprendí

Aprendí mucho sobre una técnica que hasta ahora solo conocía de oídas. El fallo principal fue la pintura que usé para bloquear el diseño: no era estable, no resistía el agua y arruinó la matriz. Aun así, me quedé la pantalla para limpiarla del todo y preparar otro diseño en el futuro.

Y, pese a todo, el proceso me gustó. Es muy satisfactorio ver cómo, al pasar la racleta, el dibujo aparece completo en el papel casi de golpe. Aunque todo lo demás salga mal, ese momento compensa. Y tengo claro que lo repetiré.

A pesar de los errores, de este primer intento salieron 10 copias que decidí conservar como edición final. Están firmadas, numeradas y disponibles en mi tienda.

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